Capítulo:6

Valeria sostuvo la nota entre sus manos durante varios segundos.

No sabía qué sentir.

Una parte de ella estaba profundamente agradecida. La otra desconfiaba de un hombre capaz de resolver sus problemas con tanta facilidad.

—¿La señora necesita algo más? —preguntó Clara desde la puerta.

Valeria levantó la mirada.

Todavía le resultaba extraño que la llamaran señora.

—No... gracias, Clara.

La ama de llaves sonrió con amabilidad antes de retirarse.

Cuando la puerta se cerró, Valeria volvió a leer la nota.

"Los gastos del hospital ya fueron cubiertos."

Las lágrimas amenazaron con escapar.

Durante meses había contado cada moneda para comprar los medicamentos de su madre. Había vendido algunas de sus pertenencias, abandonado materias en la universidad por no poder pagarlas y, aun así, nunca había sido suficiente.

Ahora alguien acababa de hacer en unas horas lo que ella no había podido conseguir en meses.

Pero ese alguien era Sebastián Morelli.

El hombre con quien compartía un matrimonio que solo existía sobre el papel.

A la mañana siguiente, unos suaves golpes en la puerta la despertaron.

—Señora Morelli, el desayuno está servido.

Valeria tardó unos segundos en reaccionar.

¿Señora Morelli?

Aquel apellido seguía sintiéndose ajeno.

Se arregló con la ropa que llevaba el día anterior y bajó al comedor.

Sebastián ya estaba allí, revisando unos documentos mientras tomaba café.

Al verla entrar, levantó la vista.

—Buenos días.

—Buenos días.

Clara retiró la silla para que Valeria se sentara.

El silencio se instaló entre ambos.

—Gracias por lo del hospital —dijo finalmente ella.

Sebastián dejó la taza sobre la mesa.

—Fue parte del acuerdo.

Ella negó suavemente con la cabeza.

—Aun así... gracias.

Por un instante, él quiso decirle que no tenía nada que agradecer.

Que, si hubiera podido, habría cuidado de ella mucho antes.

Pero guardó silencio.

Todavía no era el momento.

—Hoy saldremos —anunció.

Valeria frunció el ceño.

—¿A dónde?

—Necesitas ropa, zapatos y algunas cosas personales.

Ella bajó la mirada hacia su sencilla blusa.

—No hace falta. Tengo lo necesario.

—No para la vida que llevarás desde hoy.

—Sebastián...

—No es un lujo, Valeria. Es una necesidad.

Valeria guardó silencio unos segundos.

—Hace apenas una semana estaba pensando cómo reunir el dinero para pagar el próximo semestre de la universidad... y ahora voy a comprar ropa que probablemente nunca habría podido mirar de cerca.

Sebastián la observó con atención.

—¿Qué estudias?

Ella dudó un instante antes de responder.

—Diseño gráfico. Me falta poco para graduarme, pero tuve que atrasar algunas materias por las deudas.

—¿Vas a dejar la carrera?

Valeria negó con firmeza.

—Jamás. Mi mamá siempre dice que un título nadie puede quitártelo. No importa cuánto tarde, voy a graduarme.

Por primera vez en la mañana, una sonrisa sincera apareció en el rostro de Sebastián.

—Me alegra escuchar eso.

—¿Por qué?

—Porque no me casé con una mujer que renuncia a sus sueños.

Valeria sintió que aquellas palabras tocaron una parte de su corazón que llevaba mucho tiempo rota.

No respondió.

Simplemente bajó la mirada y lo siguió hasta el automóvil.

Ella suspiró.

Odiaba que tuviera razón.

Dos horas después, el automóvil se detuvo frente a una de las boutiques más exclusivas de la ciudad.

Valeria observó el elegante escaparate y sintió deseos de quedarse dentro del coche.

—Nunca he entrado en un lugar como este.

Sebastián descendió primero y le abrió la puerta.

—Siempre hay una primera vez.

Apenas cruzaron la entrada, dos asesoras se acercaron.

Una de ellas recorrió a Valeria con la mirada, deteniéndose unos segundos en su ropa sencilla.

—Buenos días —saludó con una sonrisa profesional.

Antes de que pudiera decir algo más, Sebastián habló con la serenidad que lo caracterizaba.

—Mi esposa necesita un guardarropa completo.

Las dos mujeres cambiaron inmediatamente de actitud.

—Será un placer atenderla, señora Morelli.

Valeria sintió un leve rubor.

Todavía no se acostumbraba a ese apellido.

Mientras una asesora la guiaba hacia los probadores, Sebastián permaneció observándola en silencio.

No podía evitar sonreír.

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