El espíritu reaccionó incluso antes que yo.
—¡Si mi cerebro conserva los recuerdos de todo lo que he vivido como espíritu, jamás me casaré contigo!
Nada más decirlo, vaciló.
—¿Conservaré estos recuerdos cuando despierte o los olvidaré por completo? ¿Mi conciencia volverá entera a mi cuerpo? No puedo creer que no haya pensado en eso. Estoy perdido. Si lo olvido todo y de verdad creo que Sofía me cuidó, ¿qué voy a hacer?
Me froté la mejilla adolorida, igual de inquieta que él. No me importaba con quién terminara casándose Sebastián. El problema era que, si Sofía se apropiaba de mi mérito, también podía arrebatarme los treinta millones de dólares.
El espíritu se dio una palmada en la frente.
—Casi olvido a mi madre. Ella ya conoce la verdadera naturaleza de Sofía y no permitirá que me case con esa mujer. Sí, mientras mi madre esté presente, podrá demostrar que quien me cuidó fue Renata.
Sin embargo, Sofía no se dio por vencida y fue directamente a buscar a la señora Macías.
—Usted conoce el carácter de Sebastián. Cuando se decide por alguien, nada puede impedir que se case con esa persona. Cuando despierte, no podrá obligarlo a casarse con una mujer a la que ni siquiera conoce. Después de sobrevivir a un accidente tan grave, necesitará su apoyo, no que usted interfiera en su matrimonio.
Sus palabras no terminaron de convencer a la señora Macías, pero sí la hicieron temer que estallara otro escándalo. Por ello, vino a hablar conmigo con evidente incomodidad.
—No confío en Sofía después de lo que hizo, pero su compromiso con Sebastián sigue siendo público. Si ahora reconocemos que lo abandonó y que otra mujer ocupó su lugar, la prensa convertirá esto en un escándalo y la empresa volverá a verse afectada. Cuando despierte, primero le diremos que Sofía estuvo a su lado. Después veremos qué recuerda y qué decisión toma. Te daré una compensación generosa. Mientras guardes silencio y el personal respete los acuerdos de confidencialidad, nadie fuera del círculo autorizado sabrá que fuiste tú quien se ocupó de él.
Asentí con docilidad, mientras el espíritu hablaba sin descanso junto a mi oído.
—Renata, ¿por qué no te defiendes? ¿Cómo puedes permitir que otra persona se apropie de todo lo que hiciste?
Yo también quería defenderme, pero llevaba toda la vida obedeciendo y soportándolo todo. No tenía influencias, apoyo ni confianza en mí misma. ¿Con qué podía luchar contra ellos?
El espíritu me miró con frustración.
—Olvídalo. No puedo esperar que nadie arregle esto por mí. Tendré que esforzarme por conservar estos recuerdos cuando vuelva a mi cuerpo.
Después de conseguir que la señora Macías aceptara mantener la versión oficial, Sofía decidió reforzarla difundiendo su propia versión ante la prensa.
—Gracias a mis cuidados y a todo el amor que le he dado, Sebastián está a punto de despertar. Muy pronto nos casaremos por lo civil y celebraremos nuestra boda. Dentro de poco seré su esposa. Gracias a todos por sus buenos deseos.
Todo el mundo creyó que la devoción de Sofía había obrado el milagro. Con la intervención de más especialistas y la intensa voluntad de vivir del propio Sebastián, cuando se cumplieron seis meses sus indicadores neurológicos mostraron una recuperación notable, y los médicos concluyeron que podía despertar en cualquier momento.
El espíritu, por su parte, se mostraba cada vez más reacio a separarse de mí.
—Renata, espero recordar todo lo que ocurrió durante estos meses cuando despierte. Que Dios me ayude. No quiero olvidar lo que hiciste por mí y mucho menos confundir a Sofía con la persona que me salvó.
Yo deseaba lo mismo, aunque ninguno de los dos podía controlar lo que sucedería.
Una mañana desperté y no vi al espíritu. Lo comprendí de inmediato: Sebastián estaba a punto de recuperar la conciencia.
Llamé enseguida a la señora Macías y a los especialistas. Sofía también llegó en cuanto recibió la noticia, acompañada por mis padres y por dos reporteros previamente autorizados por la señora Macías para documentar el despertar. Ambos tuvieron que permanecer al fondo de la habitación y mantener cierta distancia de la cama.
Ante la mirada expectante de todos, los médicos comprobaron sus reflejos mientras vigilaban sus signos vitales. De pronto, uno de los monitores emitió un pitido y Sebastián abrió lentamente los ojos.
Todos contuvieron la respiración para no alterarlo. Primero movió los dedos; después tragó con dificultad. Entrecerró los ojos y contempló el techo como si se esforzara por recordar algo.
En aquel momento solo podía rezar para que conservara los recuerdos de su espíritu y supiera con claridad quién lo había cuidado. Si los había olvidado, mis esfuerzos de los últimos seis meses no solo habrían sido inútiles, sino que además le habrían servido a Sofía para quedarse con todo.
Incapaz de contenerse, ella se abalanzó junto a la cama.
—¡Sebastián, por fin despertaste! Soy Sofía, la mujer que más amas. Durante estos seis meses te cuidé con toda mi dedicación. Me ocupé hasta de tus necesidades más íntimas y jamás te abandoné. Tú lo sabes y lo recuerdas, ¿verdad?
Al ver la confusión en los ojos de Sebastián, sentí que el corazón se me hundía. ¿De verdad lo había olvidado todo?
Mis padres se me acercaron y me susurraron con burla.
—Deja de hacerte ilusiones. La señora Macías ya lo dijo: si Sebastián no recuerda nada, nadie podrá demostrar que no fue Sofía quien lo cuidó. Márchate de una vez y no arruines el futuro de Sofía.
Sebastián observó fijamente a Sofía y sentí una punzada de decepción en el pecho. Bajé la cabeza y me dispuse a salir, pero en ese instante él abrió la boca y preguntó con frialdad…