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Morí y el karma las alcanzó

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Índice

Cuando salí de prisión antes de tiempo por buena conducta, mis tres hermanas llegaron a recogerme con un collar para perro en la mano. —Póntelo —dijo con calma Viviana Bennet, mi hermana mayor, tendiéndomelo—. No te lo quites hasta que lleguemos a casa. Si pasas esta última prueba, serás oficialmente un Bennett. Por su parte, Claire Bennett, mi segunda hermana, me dio una palmadita en el hombro y suspiró. —Has sufrido estos últimos siete años. Pero hueles horrible. Al llegar a casa, date una buena ducha antes de sentarte a cenar. —¿Cuándo te pusiste tan flaco? Supongo que ahora el collar te queda bien —repuso, asimismo, Natalie, mi tercer hermana, mirándome de arriba abajo con el ceño fruncido. Siete años antes, me habían dicho algo parecido. Lucas Bennett, el hijo adoptivo de la familia, había adulterado la bebida de un compañero de clase, y el chico había estado a punto de morir en el campo deportivo de la escuela. Por lo que, esa misma noche, mis hermanas me habían llamado para decirme, sin rodeos: —Asume la culpa por Lucas y serás nuestro verdadero hermano menor. Sin pensarlo dos veces, una vez en la sala de interrogatorios, confesé. Cuando se dio a conocer el veredicto, fui condenado a siete años de prisión.

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Capítulo 1

Capítulo 1

A los dieciocho años, cuando me sacaron esposado por la entrada lateral de la prisión, ninguna me dedicó una segunda mirada.

Ahora, a los veinticuatro, estaba frente a las mismas puertas de la prisión, mirando fijamente el collar para perro que tenía delante.

Lucas Bennett se asomó por la ventanilla del auto con una sonrisa radiante.

—¡Graham! Tus hermanas eligieron un regalo de bienvenida solo para ti. Es de edición limitada. Ni siquiera Duke ha tenido uno tan bonito —dijo, haciendo mención de su dóberman.

No discutí, sino que me limité a abrochar aquel collar en torno a mi c cuello.

Creían que, después de siete años, había aprendido a obedecer. Lo que no sabían era que solo me quedaban doce horas para completar el objetivo del Sistema.

En ese tiempo, me iría de este mundo y por fin volvería a reunirme con mi verdadera familia.

Mientras pensaba en esto, Claire, abrió la puerta del copiloto y sonrió, mientras decía:

—Ven. Vamos a casa.

Apenas había dado medio paso cuando Lucas se inclinó hacia adelante desde el asiento trasero.

—Espera —me detuvo, antes de volverse hacia mis hermanas—. Papá me regaló este auto por mi cumpleaños el año pasado… —Hizo una pausa, bajando la mirada hacia mi ropa sucia y frunció el ceño, incómodo—. Graham todavía huele a prisión. El olor se quedará impregnado en el cuero.

Me quedé con el pie suspendido en el aire, antes de retroceder en silencio.

—Entonces pídele un Uber —dijo Vivian, frunciendo el ceño.

—¡No, no! —se apresuró a decir Lucas, negando con la cabeza—. Graham acaba de salir después de siete años. La gente pensará que lo abandonamos.

Inclinó la cabeza, pensó un momento y señaló el maletero.

—Puede ir ahí atrás. Solo es media hora. Si se encoge un poco puede caber sin problemas.

Por un instante, las tres hermanas parecieron incómodas.

Claire entreabrió los labios, como si quisiera protestar. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, los ojos de Lucas se enrojecieron.

—Olvídenlo. Que Graham se quede con el auto. Yo pediré uno por la aplicación. Además, cada vez que Graham vuelve a casa, siempre soy yo el que tiene que ceder.

El rostro de Vivian se ensombreció.

—Súbete ya. No queda tan lejos. Aguántate.

Fui a la parte trasera de la camioneta y levanté la puerta del maletero. Pero, un segundo después, una sombra negra se abalanzó sobre mí y unos colmillos se hundieron en mi antebrazos, desgarrando la carne en un abrir y cerrar de ojos.

Un gemido ahogado escapó de mi boca mientras la sangre me corría por la muñeca.

—¡Ay, no! —exclamó Lucas, desde la parte delantera del coche, tras soltar un jadeo teatral—. ¡Olvidé que Duke estaba ahí atrás! ¡Lo siento mucho, Graham! ¡Nunca había hecho algo así!

Hizo una pausa, inclinó la cabeza y miró el collar para perro que yo llevaba al cuello con los ojos muy abiertos y una expresión inocente.

—¿Será que Duke te vio con eso en el cuello y pensó que eras uno de los suyos? Es bastante territorial.

Antes de que yo pudiera decir una palabra, Claire me llamó con impaciencia desde el interior del auto.

—¿Qué esperas? Vamos. Súbete de una vez.

Tras esto, no me quedó más remedio que encogerme dentro del maletero, presionando el brazo sangrante bajo mi cuerpo.

En ese momento, el Sistema envió otra notificación.

Sistema: [Cuenta regresiva para la partida: 10:09:00]

Cuando llegamos a la mansión de los Bennett, subí a mi antigua habitación.

Empujé la puerta y, en cuanto se abrió, me quedé paralizado: había una gran cantidad de para perro destrozados y esparcidos por el piso; el librero estaba lleno de comida para perro y juguetes para morder y, en una esquina, había una enorme cama para perro con el nombre «Duke» bordada en ella.

Mi habitación se había convertido en el cuarto de Duke.

Mi mirada se desvió hacia la esquina, donde vi un león de peluche. Tenía una oreja casi completamente arrancada a mordidas, le habían desgarrado el vientre y el relleno se desparramaba junto a la cama del perro.

Lucille Cook, la directora del orfanato, lo había cosido para mí con sus propias manos el día en que me fui con los Bennett. De hecho, en una de sus orejas llevaba bordad, con puntadas torcidas, mi nombre: «Graham».

—Espero que algún día seas como este leoncito: lo bastante valiente para hacerte un lugar en el mundo que sea solo tuyo —me dijo al entregármelo, con una gran sonrisa.

Cuando me llevaron con la familia Bennett por primera vez, todo a mi alrededor era desconocido y costoso, y nunca huno algo que llegara a ser realmente mío.

Mi única pertenencia real era aquel leoncito. Cada vez que me maltrataban o sentía que habían sido injustos conmigo, me encerraba en mi habitación y lo abrazaba con fuerza, fingiendo que Lucille seguía a mi lado.

Sin embargo, ahora no parecía más que un pedazo de basura.

—Lo siento, Graham. Después de que te fuiste, el cuarto estuvo vacío mucho tiempo. Duke necesitaba espacio para correr, así que yo… —dijo Lucas en voz baja, a mis espaldas.

Mis hermanas me explicaron que ninguna se imaginaba que me liberarían un año antes, que al día siguiente dejarían la habitación como estaba, por lo que esa noche tendría que conformarme con lo que había.

—No hace falta —dije mientras me agachaba, recogía el leoncito maltrecho y, poco a poco, volvía a meter el relleno en su vientre desgarrado.

Después de todo, ya sabía que me iría. Para mí no existía un mañana.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Vivian, frunciendo el ceño.

Natalie, mi tercera hermana, soltó una risa fría.

—Han pasado siete años, ¿y todavía no has cambiado esa actitud?

Vivian respiró hondo.

—¡Lucas ya tiene una habitación de invitados lista para ti! ¿A qué viene esa actitud?

—No le grites. Es mi culpa —repuso Lucas, tirando suavemente del brazo de Vivian, antes de volverse hacia mí con una sonrisa cálida—. La habitación de invitados está en el segundo piso. La limpié hace unos días. ¿Por qué no te das una ducha, Graham? Esta noche hemos organizado una cena para darte la bienvenida a casa.

»Ah, y ponte la ropa que elegí para ti. Vamos a celebrar como se debe.

Sin decir nada y con el leoncito maltrecho apretado contra el pecho, entré en la habitación de invitados.

En cuanto vi la ropa cuidadosamente doblada sobre la cama, me quedé paralizado. Era un uniforme gris de sirviente, encima del cual había una placa dorada para perro que hacía juego a la perfección con el collar que llevaba al cuello.
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