Empecé a vigilar con atención los movimientos del espíritu. Tal vez alejarse demasiado dificultara su regreso al cuerpo, porque casi siempre permanecía en la habitación y solo salía a pasear cuando hacía buen tiempo. La última vez que se había arriesgado a ir tan lejos fue para ver a Sofía. Ahora que ya no esperaba nada de ella, se había vuelto mucho más tranquilo.
Mientras yo cuidaba a Sebastián, su espíritu no dejaba de hablar consigo mismo a mi lado.
—¿Cómo supo Renata que me gusta la ópera? Debió investigar sobre mí. Muy bien. Pero ¿por qué no averiguó también que mi fruta favorita es la banana? Me pone manzanas todos los días para que las huela y ya estoy harto.
Al día siguiente llevé las bananas. El espíritu las miró y luego clavó los ojos en mí, desconcertado.
—Esto ya no puede ser una coincidencia… ¿Acaso puede oírme?
—A ver, Sebastián, ¿cuántas bananas te comerías si pudieras?
Con el tiempo me había vuelto más atrevida. También jugaba con los dedos de Sebastián, levantando unas veces dos y otras cuatro, como si su mano fuera un juguete.
Al principio, el espíritu protestaba.
—¡Detente! Nadie se ha atrevido a tratarme así en toda mi vida. ¿Crees que soy tu muñeco?
Después se acostumbró. Ponía los ojos en blanco, pero no podía ocultar la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
Cuando el intenso aroma de la banana llenó la habitación, los ojos del espíritu se iluminaron y hasta pareció recuperar de golpe las ganas de vivir.
—Me muero por probarla… Tengo que despertar cuanto antes. En cuanto lo haga, comeré todas las frutas que quiera junto a Renata.
Apenas terminó de hablar, el monitor mostró que el ritmo cardíaco de Sebastián se había acelerado ligeramente. Yo también tomé un trozo y empecé a comer con entusiasmo.
—En casa solo me dejaban comer manzanas y naranjas podridas.
El espíritu se quedó inmóvil. Yo ya estaba acostumbrada al rostro de Sebastián, así que me abrí con él y le hablé como si fuera un amigo.
—Tu madre cree que mi trabajo es muy duro y me dio quince mil dólares por mi dedicación. Pero en casa tenía que cuidar de mis padres y de Sofía. Antes también me ocupaba de mis abuelos. Aquí solo tengo que atenderte a ti, así que es mucho más fácil.
El espíritu flotó hasta mi lado y me observó en silencio. Aquel día, con absoluta calma, le conté muchas cosas: cómo me habían maltratado mis padres y cómo Sofía había abusado de mí durante años.
Después de desahogarme me sentí mucho mejor, pero los ojos del espíritu se enrojecieron.
—¿Qué les pasa a sus padres? ¿Por qué no quieren a una hija biológica tan buena y en cambio adoran a una hija adoptiva? Cuando despierte, pondré a toda esa familia en su lugar por ella.
Sus palabras me conmovieron un poco, aunque no hacía falta que se vengara por mí. Si los treinta millones llegaban a mi cuenta, yo ya podría darme por satisfecha.
Después de aquel día, el espíritu y yo nos volvimos mucho más cercanos. Yo seguía fingiendo que desconocía su existencia, pero atendía todos sus deseos. Él tampoco se apartaba de mi lado y veía cada cosa que yo hacía.
Así transcurrieron cuatro meses. Un día, mientras volvía a jugar con los dedos de Sebastián, uno de ellos se movió por sí solo.
Hasta el espíritu quedó atónito.
—¡Mi dedo se movió! Mi cuerpo por fin está reaccionando. ¿Significa que pronto podré regresar a él?
Llena de alegría, llamé a la señora Macías. La buena noticia no tardó en difundirse. Poco después llegó un grupo de especialistas para evaluar a Sebastián. También vi a Sofía irrumpir en la habitación.
Miró con desprecio al hombre tendido en la cama y me arrastró con brusquedad hacia el pasillo.
—¿Es cierto que Sebastián está a punto de despertar?
Como no respondí, me abofeteó.
—¿De verdad crees que ya te ganaste un lugar entre los Macías? ¿Ahora también vas a mirarme con esa cara?
El espíritu apretó los dientes de rabia.
—¿Eres tonta, Renata? ¡Defiéndete! Yo te protegeré. ¿No vas a hacerlo? ¡Entonces la golpearé yo!
Pero el puño que lanzó solo levantó una ráfaga de aire helado y no le hizo ningún daño.
Sofía me apuntó con el dedo, casi tocándome la cara.
—Si Sebastián despierta de verdad, desaparecerás de aquí. Le haré creer que fui yo quien lo cuidó todo este tiempo. Yo soy la mujer que ama y, aunque despierte, solo querrá casarse conmigo.