Capítulo 8
Mientras la tensión se prolongaba, la señora Macías también se acercó para hablarme en voz baja, visiblemente incómoda.

—Nunca he visto a mi hijo comer banana. Renata, entiendo que te cueste aceptar lo que está ocurriendo, pero dadas las circunstancias…

Cada palabra hacía que mi corazón se hundiera un poco más. ¿Acaso toda la información que me había dado el espíritu era falsa y yo había confiado en ella como una ingenua?

—Sé que eres una buena mujer, Renata, pero la prometida de mi hijo sigue s
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