—Entonces, para ti, ¿cuál de las dos es tu esposa?
Enrique sonrió y le tomó la mano.
—Ella es la emperatriz. Se ocupa de la corte y sostiene mi imperio. Tú eres la mujer con la que quería casarme antes de ocupar el trono.
El viento arrancó las flores de los manzanos. Sus pétalos fueron cubriendo, uno a uno, el camino de piedra por el que había llegado.
Recordé cómo, ocho años antes, él me había llevado de la mano hasta el trono y prometido que no tendría otras consortes, que envejeceríamos juntos y jamás me fallaría.
Yo había protegido el inmenso imperio de los Valcárcel. Ella había conservado el corazón de Enrique.
***
Mi pulsera de jade golpeó una columna del corredor. El sonido hizo que Enrique se volviera de inmediato.
Todavía tenía la sonrisa en el rostro cuando me vio.
—¿Isabel?
Se levantó y vino hacia mí con los brazos abiertos, como hacía cada vez que regresaba del sur y quería abrazarme. Pero el niño lo sujetó primero de la manga.
—Papá, ¿quién es ella?
Enrique se detuvo. Lucía Mendoza palideció y le temblaron tanto las manos que derramó un poco de caldo del tazón.
Miré al niño y le hice una sola pregunta:
—¿Cuántos años tienes?
Ajeno a las complicaciones de los adultos, alzó la cara y respondió con claridad:
—Tengo siete años.
Hacía siete años, estando embarazada de seis meses, me había interpuesto entre Enrique y la flecha envenenada de un asesino.
La herida no era profunda, pero el veneno había llegado a mi sangre. Cuando perdí al bebé, ya tenía manos y pies. El médico imperial me dijo que era un niño.
La noche en que Enrique regresó a la capital, se quedó junto a mi cama, con los ojos enrojecidos, repitiendo que tendríamos otros hijos. Yo, por miedo a que se culpara, le tomé la mano y traté de consolarlo.
—Lo único que importa es que estés bien.
Ahora comprendía que, por esas mismas fechas, Lucía debía estar a punto de dar a luz.
Volví a preguntarle al niño, esta vez en voz baja:
—¿Cómo te llamas?
El niño levantó la cara.
—Me llamo Gabriel Valcárcel. Mi papá escogió mi nombre.
El viento agitó las ramas y algunos pétalos se prendieron a mi falda.
Durante mi embarazo, Enrique había pasado medio mes revisando libros antiguos para elegir un nombre. Se inclinaba sobre mi vientre y decía que, si era niño, lo llamaríamos Gabriel. Deseaba que creciera en un imperio en paz, con un pueblo que viviera en armonía.
Me había reído de él por depositar tantas esperanzas en un hijo que aún no había nacido. Él me había tomado de la mano.
—Un hijo tuyo y mío podrá con eso.
Desde que perdí al bebé, nadie había vuelto a mencionar aquel nombre en mi presencia.
Enrique también pareció recordarlo. Por un instante, vi el miedo en sus ojos.
—En aquella época estaba gravemente herido y tenía mucha fiebre. Lucía me salvó la vida y me oyó decir ese nombre mientras deliraba. No sabía de dónde venía, por eso…
Lucía se apresuró a intervenir:
—Si le molesta, majestad, puedo cambiarle el nombre al niño.
Enrique se volvió hacia ella y la sostuvo.
—El frío empeora el dolor de tus viejas heridas. No te quedes donde corre el viento.
Luego volvió a mirarme.
—Gabriel lleva siete años llamándose así. Si le cambiamos el nombre de repente, se preocupará. Él no sabe nada.
Lo miré.
—El niño es inocente. No lo culpo. Solo quiero saber dónde estaba usted cuando yo perdí a nuestro hijo, majestad.
Enrique se quedó inmóvil. Tardó en responder.
—Lucía me salvó la vida. Cuando me perseguían los rebeldes, me escondió en su casa, donde preparaba remedios, y probó por mí sustancias venenosas en tres ocasiones.
—¿Y entonces?
Su expresión se mantuvo serena.
—Después nació Gabriel.
Asentí.
—Si le salvó la vida y ahora tienen un hijo, no hace falta que me dé más explicaciones. Cuando vuelva a la capital, entregaré el sello de la emperatriz. Después podrá llevar al palacio a quien quiera y reunirse con su familia, sin preocuparse por mí.
El rostro de Enrique se endureció.
—¿Tienes que ser tan cruel? Para evitarte preocupaciones, Lucía y el niño han vivido apartados en el sur durante siete años. Mi madre, tu padre y hasta Esteban lo sabían. Todos entendieron que esto no ponía en peligro tu lugar como emperatriz. ¿Por qué tú eres la única que…?
Se interrumpió de golpe.
—Así que todos lo sabían —dije, mirándolo.
Una sombra de arrepentimiento le cruzó los ojos.
—No quise decir eso.
—Su madre lo sabía, mi padre lo sabía y Esteban también —repetí despacio—. Todos protegían a la esposa y al hijo que tenía. Solo yo, la emperatriz, pasé siete años sin saber nada.
También comprendí por qué no había podido acompañarlo aquellas tres veces. Las enfermedades, los desastres y las acusaciones que llegaban justo cuando estaba por partir nunca habían sido una coincidencia.
Enrique me sujetó de la muñeca y suavizó la voz.
—Pensaba contártelo personalmente al volver a la capital. Lucía no disputará tu puesto. Inscribiremos a Gabriel como hijo tuyo y así será reconocido como el primogénito legítimo. Tú seguirás siendo la única emperatriz.
Lucía se arrodilló con aire frágil y bajó la cabeza.
—Solo quiero estar con su majestad y con mi hijo. No pretendo competir con usted.
La mirada de Enrique se volvió tierna al posarse en ella.
—Me salvaste la vida y me diste un hijo. No voy a dejarte sin un título ni un lugar a mi lado.
Luego volvió a mirarme.
—Tú has sostenido mi imperio durante ocho años. Tampoco permitiré que te falte lo que mereces.
—¿Qué es ella para usted?
—Alguien con quien tengo una deuda.
—¿Y yo?
Su rostro se relajó, como si por fin le hubiera hecho una pregunta fácil de responder.
—Eres la persona en quien más confío.
Retiré la mano de la suya. Después de ocho años de matrimonio, eso era todo lo que quedaba: confianza.
Me volví y bajé los escalones. Enrique me siguió unos pasos.
—Ya es tarde. Quédate esta noche en el palacio. Mañana regresaré contigo a la capital.
A mi espalda, Gabriel preguntó en voz baja:
—Papá, ¿de verdad es la emperatriz?
Pasó un buen rato antes de que Enrique respondiera.
—Sí. Y es la persona que nunca me abandonaría.
Me alejé sobre los pétalos caídos sin volver la vista ni una sola vez.