En pleno verano, Enrique llegó a Ribera. Habían pasado cuatro meses desde la nevada de Aguas Claras.
En esos meses no había respondido a ninguna de sus cartas. El consultorio se había ampliado, la escuela había recibido nuevas alumnas y los Salazar habían sido juzgados. Mi vida había seguido adelante. Que él se arrepintiera en la capital no cambiaba eso.
No llegó con una comitiva imperial. Solo lo acompañaban dos guardias y un médico imperial, y se alojó en la posada de enfrente.
El primer día h