A la mañana siguiente, Enrique entró en los aposentos de Isabel con los pastelitos de ciruela que tanto le gustaban. Nadie salió a recibirlo y el brasero estaba completamente frío.Primero notó que faltaban los objetos personales de Isabel. Después vio el sello de la emperatriz sobre el escritorio.Debajo estaba el decreto, ya inscrito en el registro dinástico, que formalizaba su renuncia al título de emperatriz, disolvía su matrimonio y la desvinculaba de la familia imperial. En la última página se veía la marca roja del sello que él mismo había estampado.Enrique permaneció inmóvil durante largo rato. Los pastelitos, todavía tibios, fueron cayendo de su mano, uno tras otro, sobre las frías baldosas del palacio.Se agachó a recoger uno de los pastelitos, cuya masa ya estaba cubierta de polvo.—¿Dónde está la emperatriz?Los sirvientes del turno de noche se arrodillaron ante él.—La emperatriz salió anoche con una autorización que usted mismo había sellado. No nos atrevimos a impedírse
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