Suprimió el malestar mientras tomaba el segundo y el tercer trago en sucesión, y para cuando dejó el vaso, se tambaleaba, con las mejillas enrojecidas.
—¡Buen trabajo! —La cara del señor Santana se descompuso en una sonrisa de suficiencia, y los demás fingieron elogiarla.
Sin embargo, el señor Santana no quería dejarla marchar.
Se rio, señaló un plato de loncheados de pescado crudo sobre la mesa y dijo: —Señorita Romí, no puedes solo beber. Estos loncheados de pescado crudo acaban de llegar por