La voz de Leonardo era tranquila, aunque aterradora.
El chófer frenó y cuando el coche se detuvo, Leonardo empujó la puerta y se acercó al asiento del copiloto.
—¡Bájate!
La cara del chófer se puso blanca de miedo, nunca antes había visto a Leonardo así, un aura gélida le rodeaba, haciendo que a uno se le erizaran los pelos de punta.
Bajó del coche tiritando, Leonardo subió y le dijo a Carlos: —Bájate tú también.
—Señor Ramos...
Sin esperar a que terminara, Leonardo pisó el acelerador.
—¡Boom!
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