La habitación estaba sumergida en esa penumbra azulada que solo el ático de Spencer parecía poseer, un refugio de cristal por encima del bullicio de Londres. El aire todavía estaba cargado de la electricidad de hace unos momentos, un rastro de pasión que nos había dejado a ambos exhaustos y extrañamente vulnerables. Yo estaba recostada contra su pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón bajo mi oído, mientras su mano recorría distraídamente mi espalda, evitando con un cuidado casi sagrad