Me desperté con la sensación de que un camión de mudanzas me había pasado por encima, y no precisamente de forma desagradable. La luz de la mañana en el ático de Spencer era demasiado blanca, demasiado perfecta y, sobre todo, demasiado reveladora. Abrí un ojo a regañadiente, sintiendo el roce de las sábanas de seda contra mi piel todavía sensible. Mi cuerpo recordaba cada nudo de corbata, cada beso posesivo y la forma en que la Gárgola de Acero se había convertido en un volcán durante la noche.