El evento había terminado, pero la noche aún no cedía del todo. Las luces del salón se atenuaban poco a poco mientras los meseros comenzaban a recoger las copas vacías y las flores marchitas de las mesas. Isabella, lejos de descansar, seguía con paso firme, organizando documentos, tomando nota mental de cada rostro, cada comentario, cada interacción. Sabía que debía entregarle a Marcos D’Alessio un informe detallado al día siguiente. Y no iba a permitirle —ni a él ni a nadie— que la llamaran in