17. Una niñera indomable
Victoria compuso una nueva sonrisa en su rostro y se obligó a mantener la compostura. Era evidente que Margarita de Rubio creía tenerla en sus manos y por un momento Victoria le dejó creer que así era.
—Sé buena conmigo, muchacha y no diré nada —le advirtió la fastidiosa mujer—. Prepara mi desayuno y me lo llevas a la sala, luego, sube y arregla mi recámara.
—Usted está muy equivocada, señora —Victoria se cruzó de brazos y recostó la espalda contra la encimera—. Yo sería incapaz de hacerle dañ