No tenía la menor idea de cómo funcionaba en el negocio de Laika, sólo sabía lo que ella me había explicado y las chicas nunca decían nada, cada una le era leal.
En las fiestas de nuestra hermandad, de las pocas con las que había conversado, me habían hablado maravillas de Laika y cuando le pregunté si estaban ahí por voluntad propia, todas me respondieron que sí; que si ellas no querían estar allí o si cambiaban de opinión, lo único que tenían que hacer era llamarla e irse, el cliente recibir