Meses después
Habíamos salido por un antojo de Margaret, la seguridad se había doblado, pero no había habido ningún contratiempo, excepto cuando mi mujer manifestó estar partiéndose en dos.
Iba a morir de la desesperación, ver su dolor era como una agonía en llamas y la peor tortura del mundo, no quería pasar por nada parecido de nuevo.
—Juro que voy a desmayarme —sentí que sudaba frío en el auto, ningún guardaespaldas u otro miembro de seguridad podía impedir que estuviera a punto de quedarm