Una vez que me bañé y tomé pastillas para el dolor de cabeza, me encaminé a la sala de reuniones. No estaba de buen humor, así que esperaba que los hermanos se dignaran a escuchar en vez de joder.
Abrí la puerta y todos ya estaban sentados alrededor de la mesa, tomé mi asiento en la cabecera y aclaré mi garganta.
—Primero lo primero, señores. Arnold Kraus; de ahora en adelante, su cabeza tiene precio, al igual que la de sus hombres. No voy a tolerar más esta mierda, se atrevieron a ir a mi casa