Heridas y pactos (2da. Parte)
El mismo día
New York
Victoria
A nadie le gusta lidiar con el desastre. Prefieren los aplausos, las sonrisas corteses, incluso las charlas aduladoras. Elizabeth no era la excepción: nunca soportó tener que arreglar lo roto, ni tenía el don de la paciencia.
¿Por qué, entonces, debía soportar insultos, malas caras o lidiar con despidos si otro podía hacer el trabajo sucio? A eso apelaba para que me obedeciera: a que viera las ventajas de mi orden.
Y ahí estaba Elizabeth frente a mí, en silencio,