El fuego seguía consumiendo la mansión de Damien cuando el grupo se internó en el bosque. La luz de las llamas iluminaba sus espaldas, proyectando sombras distorsionadas entre los árboles, mientras sus pisadas se hundían en la tierra húmeda.
El aire estaba cargado de cenizas y pérdida.
Aurora sentía el peso del cansancio en su cuerpo, pero lo ignoraba. No había tiempo para llorar. No todavía. Damien, a su lado, avanzaba en silencio, con la mirada fija en el sendero. Su expresión era una máscara