Cuando Robert iba a confesarle la verdad a Astrid, el timbre de su departamento sonó.
—¿Esperas a alguien? —cuestionó aturdida, puesto que no esperaba tener visita.
Robert tragó grueso y negó.
—Solo que sea el repartidor —dijo al acariciar el rostro de su amada—. Pedí algo para cenar —le dio un beso y colocó sus zapatos, luego salió. Mientras Robert se dirigía a abrir la puerta, Astrid se vestía, pero detuvo su vestir cuando escuchó esa voz. Los nervios pusieron sus bellos de punta, entonces se