—¿Ya te compró? —cuestionó Robert respirando muy cerca de la espalda de Astrid.
Al ver la inmovilidad de la mujer, lentamente caminó hasta quedar a su costado. Con los ojos entrecerrados la contempló al mismo tiempo que soltaba más de un suspiro. En cuanto a Astrid, ella se encontraba petrificada con la cercanía de ese hombre. No podía moverse, parecía un maniquí, tanto así que ni siquiera se le notaba la respiración.
Después de contener la respiración por algunos segundos, se giró y quedó fren