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Capítulo 6 El Amuleto del Luchador

El sol de la mañana entraba con timidez por la rendija de la persiana, pero lo que me despertó no fue la luz, sino el vibrar insistente del móvil sobre la madera de la mesilla de noche. Con un ojo todavía cerrado y el cuerpo entumecido por las pocas horas de sueño, estiré el brazo para alcanzar el dispositivo. En cuanto el nombre de **Ben** se iluminó en la pantalla, la somnolencia desapareció de golpe, reemplazada por un vuelco violento en el estómago que casi me deja sin aliento.

> — «Buenos días, señorita. Me encantó el beso de ayer... para ser sincero, es el mejor beso que me podrían haber dado en la vida. Prepárate, que después paso a recogerte, preciosa ;)»

Me quedé mirando el techo de la habitación, con el corazón martilleando con fuerza contra las costillas. Podía sentir todavía la calidez de sus labios y la presión firme de sus manos sobre mi cintura en la penumbra del almacén. Mis dedos temblaban visiblemente sobre el teclado del móvil; escribí tres respuestas diferentes, sopesando cada palabra, y las borré todas de inmediato. Tras cinco minutos de pura agonía mental y debate interno, respiré hondo y pulsé enviar:

— Buenos días, Ben. No te voy a mentir, a mí también me gustó ese beso... aunque fue un ataque sorpresa en toda regla. Me hiciste revivir muchas cosas que creía olvidadas. Nos vemos luego.

Las horas previas a la cita se transformaron en un absoluto caos doméstico. En el piso, el ambiente estaba cargado de una energía eléctrica. Noelia y África se habían autoinvitado a mi habitación, dispuestas a supervisar de manera implacable el proceso de «embellecimiento».

— Lisa, por el amor de Dios, ponte el vestido negro de canalé; el que dice claramente «mírame pero no te atrevas a tocarme... a menos que yo lo autorice» —ordenaba Noelia mientras rebuscaba sin piedad en el fondo del armario.

— ¿No es un poco exagerado para una cita de la que ni siquiera conozco el lugar? —pregunté con evidente nerviosismo, tratando de aplicarme la máscara de pestañas frente al espejo sin sacarme un ojo en el intento.

— No es una cita cualquiera, es *la* cita con el hombre del beso de película —intervino África, lanzándome un zapato de tacón desde la cama—. Si resulta que te secuestra, que al menos los del telediario digan que ibas divina.

Cuando finalmente estuve lista, el teléfono vibró con el mensaje definitivo de Ben:

«Deseando verte. Baja cuando estés lista, estoy justo enfrente de tu puerta».

Me levanté, pero Noelia me bloqueó el paso de inmediato con una sonrisa de oreja a oreja, cruzándose de brazos en el umbral.

— A ver, a ver... Una última inspección de seguridad antes de entregarte al adonis —me pinchó con el dedo, examinándome de arriba abajo con un brillo de orgullo—. Estás de infarto, Lisa.

— Deseadme suerte —solté, intentando que mis amigas no notaran el tembleque involuntario de mis piernas.

Noelia soltó una carcajada limpia.

— Escúchame bien: si ese adonis resulta ser un sapo o te aburres soberanamente, envíame el emoji de una berenjena y estaré allí para rescatarte en menos de lo que tarda en llegar un pedido de pizza a domicilio. —Luego, su tono se volvió más dulce y pausado, colocando una mano cálida sobre mi hombro—. Disfruta. Es un chico y, lógicamente, va a querer ir más allá de los besos en algún momento. Déjate llevar, Lisa. No todos los hombres son iguales y no tiene por qué repetirse lo que te pasó en el pasado. Hoy empiezas a escribir una historia completamente nueva.

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Al salir del portal, el impacto visual fue inmediato. Ben estaba apoyado contra el capó de su coche, con una pose tan natural que parecía recién salido de una sesión de fotografía. La camiseta blanca de algodón parecía estar a punto de rendirse ante la anchura de sus hombros y la marcada definición de sus brazos. Cuando me vio aparecer, sus ojos oscuros recorrieron mi silueta de arriba abajo con una intensidad tan física que me hizo arder la piel bajo la ropa.

Él se acercó con pasos lentos, me tomó la mano con una mezcla perfecta de delicadeza y autoridad, y susurró cerca de mi rostro:

— ¿Estás lista para la acción?

— Más que lista —respondí, obligándome a sostenerle la mirada y ofreciéndole mi mejor sonrisa.

El trayecto en el coche se convirtió en una amalgama de electricidad silenciosa y una tensión ambiental que se podía cortar con un cuchillo. Mientras Ben conducía con una mano relajada sobre el volante y la otra buscando ocasionalmente mis dedos sobre el asiento, yo observaba a través de la ventanilla cómo el paisaje urbano se transformaba de manera drástica. Las avenidas amplias, comerciales y luminosas que solía transitar dieron paso a una zona industrial degradada, un laberinto de calles empedradas, naves abandonadas y farolas viejas que parpadeaban bajo un halo amarillento.

— Pareces estar a miles de kilómetros de aquí —comentó Ben, rompiendo el silencio del habitáculo. Su voz, grave y aterciopelada, llenó el espacio.

— Solo intento asimilar la situación —admití, mirando de reojo su perfil perfectamente tallado en piedra—. No es exactamente el tipo de cita que me imaginaba después de lo que pasó ayer en el almacén.

Él soltó una pequeña risa, una vibración profunda que me recorrió la columna.

— Ya te advertí que me gusta la acción, Lisa. Y quería que vieras mi mundo... el real, no la fachada que muestro cuando paso a controlarte por la discoteca.

El coche se desvió por un callejón tan estrecho que las paredes de ladrillo visto casi rozaban los espejos retrovisores. Al final de aquel túnel de sombras, se abría un claro pavimentado donde se alzaba una imponente mansión de estilo neoclásico, rodeada por un alto muro cubierto de hiedra. Era una estructura majestuosa, completamente fuera de lugar en aquel entorno industrial decadente. Había hombres trajeados apostados en la entrada principal con auriculares de comunicación, moviéndose con la precisión milimétrica de soldados profesionales.

Ben detuvo el motor y el silencio dentro del automóvil se volvió absoluto por un segundo. Se giró hacia mí, y por primera vez desde que nos conocíamos, detecté una sombra de vulnerabilidad en sus ojos oscuros antes de que la máscara de dureza habitual volviera a su sitio. Tomó mi mano y la apretó con firmeza contra su propio muslo; pude sentir la rigidez del músculo tenso y el calor casi febril que emanaba de él.

— Lisa, lo que vas a ver ahí abajo... no define quién soy, pero es lo que me toca hacer para sobrevivir —confesó con la voz rota y baja—. Mi ex me arrastró a este fango cuando no tenía absolutamente nada. Fue su regalo de despedida: enseñarme que mis puños valían mucho más en el mercado que mi título universitario o mi esfuerzo diario. Me retiré una vez, lo juré por mi vida, pero la necesidad es una perra traicionera. Cuando mi segunda relación se hundió y las deudas familiares me asfixiaron, regresé al único lugar donde el dolor físico se paga con billetes al contado.

Lo escuchaba completamente hipnotizada, dándome cuenta de golpe de que Ben era un hombre roto que había aprendido a utilizar sus propios pedazos astillados como armas de defensa.

— Me tendrías que haber advertido que esto era tan peligroso —le dije, aunque mi voz no denotaba enfado, sino una profunda y genuina preocupación.

— Lo sé —respondió él, acercándose a mi rostro hasta que su aliento rozó mis labios—. Pero si te lo decía con total crudeza, quizás no habrías tenido el valor de venir. Y necesitaba que estuvieras aquí hoy. Solo prométeme una cosa: no te separes de mi lado ni un solo segundo. En este lugar, las fieras huelen el miedo a distancia, pero conmigo estás completamente a salvo. Nadie te va a tocar, Lisa. Te lo juro por lo que acabamos de empezar tú y yo.

Bajamos del coche. Ben rodeó de inmediato mi cintura con su brazo, pegándome a su costado de una forma posesiva que, de manera extraña, me hizo sentir más segura que nunca en mi vida. Al acercarse a la gran puerta de roble macizo, uno de los guardias de la entrada, un tipo enorme con una cicatriz profunda que le cruzaba la ceja, asintió con evidente respeto.

— Bienvenido de nuevo, Ben.

Entramos y el lujo del salón principal resultó casi cegador: lámparas de cristal de araña, suelos de mármol pulido y cuadros clásicos en las paredes que parecían valer auténticas fortunas. Sin embargo, Ben no se detuvo a admirar el arte. Nos guio con paso firme hacia una puerta oculta tras un pesado tapiz de la pared, la cual conducía a unas escaleras de caracol descendientes hechas de hierro forjado. A medida que bajábamos los escalones, la atmósfera cambiaba de manera drástica. El perfume caro del piso superior fue sustituido paulatinamente por el olor denso a sudor, tabaco de alta gama y ese aroma cobrizo y metálico que identifiqué de inmediato como sangre y adrenalina.

Al llegar al sótano, el espacio se abría en una descomunal arena octogonal rodeada de gradas improvisadas y barras de bar. La música de bajos pesados retumbaba con violencia en mis oídos.

— ¡Mira quién ha decidido volver! —gritó una voz femenina por encima del estruendo.

La atmósfera allí abajo era sofocante, un cóctel puro de testosterona, humo de puros de importación y una expectación que vibraba en el aire como una corriente de alta tensión. Ben me mantenía pegada a su cuerpo; su brazo era una barrera infranqueable contra las miradas curiosas y lúbricas de los hombres trajeados que ya manejaban fajos de billetes para las apuestas. Pero lo que realmente me dejó sin aliento no fue el lujo ilegal del recinto, sino reconocer los rostros de las personas que veía cada noche bajo los neones de la discoteca.

— ¿Lisa? ¿De verdad eres tú? —La voz de **Gigi** cortó el estruendo ambiental.

Me giré y la descubrí allí mismo, sentada en un sofá de cuero rojo junto a **Sara**. Ambas lucían vestidos ajustados de diseño y tacones de vértigo, pero sus expresiones habituales de aburrimiento profesional tras la barra habían desaparecido, reemplazadas por una chispa de excitación salvaje. Sara sostenía una copa de cristal fino con una despreocupación que me dejó completamente atónita.

— ¿Qué hacéis vosotras aquí? —pregunté, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies mientras mi mente legal intentaba encajar la imagen de mis compañeras de trabajo con aquel antro de juego clandestino.

— Lo mismo que todos los presentes, cariño: buscar emociones fuertes y dinero rápido —respondió Sara con una sonrisa cínica, guiñándole un ojo a Ben—. Veo que te has buscado al mejor guardaespaldas de la ciudad, Lisa. No sabíamos que lo tuyo con el «campeón» iba tan en serio.

Antes de que pudiera procesar la respuesta, percibí una presencia imponente justo a mis espaldas. Me tensá por puro instinto de supervivencia, pero al girarme me encontré de frente con **Juan y Mateo**. Eran los pilares fundamentales del equipo de seguridad del Malibú, los hombres que me hacían sentir protegida cuando algún cliente ebrio cruzaba la línea. Aquí, sin embargo, no vestían sus uniformes negros reglamentarios. Llevaban chaquetas de cuero desgastadas y sus rostros parecían esculpidos en granito; no estaban allí para vigilar el acceso de un local, estaban allí para custodiar el corazón del negocio de las apuestas.

— Hola, Lisa —dijo Juan con su característica voz profunda, ofreciéndome un asentimiento seco pero cargado de un respeto que yo no le conocía hasta ese momento—. No es el lugar ideal para una chica como tú, pero si estás bajo la sombra de Ben, no tengo nada que objetar. Él sabe perfectamente cómo se mueve este fango.

Mateo, el más joven de los dos, se cruzó de brazos, dejando al descubierto una serie de tatuajes agresivos en los antebrazos que siempre camuflaba bajo la camisa del trabajo.

— Ten mucho cuidado ahí abajo, Ben —advirtió Mateo con un tono extremadamente serio—. El tipo contra el que te mides hoy no tiene la menor idea de lo que significa el juego limpio. El jefe ha inflado las apuestas al doble y hay demasiada gente poderosa deseando ver cómo muerdes el polvo del ring.

Ben apretó un poco más mis dedos, y pude sentir la tensión extrema de sus nudillos.

— Sé perfectamente a lo que vengo, Mateo. No es mi primera vez en este agujero de ratas —respondió Ben con una frialdad cortante que me erizó el vello de los brazos.

Gigi se levantó del reservado de cuero y se acercó a mí, rodeándome con el brazo por los hombros mientras me susurraba al oído, lo suficientemente alto para que Ben captara cada palabra:

— Tranquila, nena. Si las cosas se tuercen ahí abajo, Sara y yo tenemos los contactos adecuados para sacarte de aquí por la puerta de atrás en un paradero. Pero de momento, disfruta del espectáculo... ver pelear a Ben en el ring es algo que no se olvida en la vida. Es como ver a un animal salvaje que finalmente ha logrado escapar de la jaula.

Miré a mi alrededor, sintiéndome atrapada en medio de una dimensión paralela. Mis compañeros de trabajo, la gente con la que compartía cafés, bromas y quejas sobre los clientes pesados de la discoteca, formaban parte de una red invisible y criminal que sostenía aquel mundo violento y extrañamente atrayente. Resultaba impactante descubrir que todos ellos ocultaban una doble vida tan oscura. Pero de todos los secretos que me rodeaban en ese sótano, los que guardaba Ben eran los que más me quemaban por dentro.

Él me miró, ignorando por completo la presencia del resto del grupo por un instante, y depositó un beso lento, cálido y reverente en la palma de mi mano.

— No escuches a estos cuervos —me dijo con una sonrisa ladeada que buscaba transmitirle tranquilidad—. Solo quédate cerca de Gigi y Sara mientras yo esté ahí abajo. Juan y Mateo no os quitarán el ojo de encima. Estás en familia, Lisa... aunque sea una familia un poco peculiar.

En un movimiento fluido y coreografiado, Ben se despojó de la camiseta blanca, dejando al descubierto un torso rotundo salpicado de cicatrices de guerra, músculos esculpidos por el esfuerzo extremo y una presencia tan magnética que hizo que varias cabezas del público se giraran hacia su posición. Me miró una última vez, me plantó un beso casto pero cargado de una promesa intensa en la frente y susurró contra mi piel:

— Quédate justo aquí. Mírame fijamente con esos **ojos color miel**. Eres mi único amuleto esta noche.

Sentí que el corazón me iba a estallar en el pecho. Estaba en un lugar prohibido por la ley, rodeada de personas que conocía en contextos pacíficos pero que aquí operaban como extraños, y a punto de presenciar cómo el hombre que me gustaba arriesgaba la vida por razones de supervivencia que apenas empezaba a vislumbrar. Los secretos entre nosotros eran auténticos abismos, pero en aquel sótano industrial, la verdad estaba a punto de abrirse paso a golpes.

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