Lo primero que Elena sintió esa noche fue cómo la respiración se le dificultaba; tenía el rostro hundido en la almohada y la pesada mano de Owen empujándola sobre ella. Y le gustó. Lo siguiente fueron los dedos que se hundían en la piel de sus brazos hasta alcanzarle los huesos; creyó que iban a partirse. Y le gustó.
Estaba viciada de todo aquello de lo que las personas huyen: del dolor, de la humillación, del desprecio. Gozaba con aquello que retuerce el alma y ennegrece el corazón. Él la oía,