Los encuentros con Elena se hicieron más espaciados. Cuando supo que Anna se había marchado, el sabor del triunfo que pensó sería dulce seguía sabiéndole metálico. Lograba que fuera a su llamado, estaba acorralado por la niña y abandonado por la jovencita; sin embargo, la advertencia que le había dado se volvía cada vez más latente.
Su gusto por la agresión y la violencia no estaba a la altura de lo que Owen le entregaba, y es que descargaba en ella todo, como hizo alguna vez con sus secretaria