Para cuando llegaron al baño, el humor de Eva ya había cambiado. Estaba feliz y su carita ahora devolvía sonrisas traviesas.
La señora le explicó a Anna dónde estaban todos los enseres.
—Gracias, señora —dijo Anna.
—Se llama Nana —acotó Eva.
—Me llamo Raquel, mucho gusto.
—Mucho gusto —respondió Anna.
—No, te llamas Nana —corrigió Eva, otra vez.
—Así me dicen tu papá y tú, pero mi nombre es Raquel. He estado cuidando de Owen desde que se mudó a esta casa. Antes, trabajaba con sus padres. Y lueg