Owen tenía el rostro sumergido en el pecho de Anna cuando un golpe seco en la puerta los detuvo. Se miraron a los ojos, confundidos.
—¿Esperas a alguien? —preguntó él, despegando sus labios de la piel de Anna.
—No… ignóralo —respondió ella, jadeando un poco.
Owen lo ignoró, pero cuando estaba a punto de subirle la sudadera, los golpes se hicieron más insistentes.
—¡Anna! Sé que estás dentro. Ábreme —se oyó detrás de la puerta. Era Alex.
El cuerpo de Owen se tensó, y Anna pudo sentirlo. Enderezó