Bob llegó ese lunes a las oficinas del último piso como siempre lo hacía: elevando la voz para saludar, haciendo movimientos efusivos con las manos y sonriendo. Greta, como siempre, lo recibió con su habitual parquedad.
—Buen día, Greta. ¿Está Owen dentro? —le preguntó, señalando la puerta.
—Así es, el Señor Walker ya se encuentra trabajando —respondió la mujer, con un tono casi militar.
Conversar con ella lo hacía sentir de vuelta en el colegio religioso al que había asistido de niño.
Tocó y e