En la villa, Daniel despertó. Un dolor intenso le atravesó el pecho, como si le hubieran arrancado algo de las entrañas, y unas gotas de sudor le resbalaban por la frente.
Zoe lo rodeó con un brazo.
—Daniel, ¿qué tienes?
Él la apartó.
—¿Qué hora es? ¿Cómo me quedé dormido?
—Son las tres de la mañana —respondió Zoe en voz baja—. Me trajiste del hospital y estabas tan cansado que te dormiste en el cuarto de visitas.
Daniel recordó lo que Evelyn le había dicho en esa montaña y la presión en su pecho se volvió más fuerte. Sintió un nudo de angustia debajo del esternón. Sin pensarlo mucho, se levantó de la cama.
—Voy a revisar si ya tienen listo el dinero.
—¡No! —Zoe lo sujetó.
Según sus planes, Evelyn todavía debía de estar con esos dos hombres. Lo último que quería era que Daniel apareciera y lo arruinara todo. Solo necesitaba esperar hasta el mediodía para ver a Evelyn arrojada al salón de bodas como si fuera basura.
Para ese entonces, todos los invitados la señalarían y la destruiría