Daniela, que caminaba junto a Luciana, también lo escuchó y no pudo evitar burlarse:
—Vaya, qué generoso es Alejandro.
Enseguida resopló con desdén:
—¿Quién se ha creído que es ese ex marido? ¿Qué derecho tiene para dar permiso? ¿Se cree el último refresco del desierto?
Aunque Luciana ya sabía de su falta de escrúpulos y frialdad, sintió que se le helaba el corazón.
—Luciana, siéntate aquí —Ricardo se levantó muy amablemente ofreciéndole su lugar.
—Desde ahora llámenme por mi nombre —insistió Lu