Andrés se quedó viendo las pastillas que ese rubio le ofrecía. Dudaba, pero la imagen de Luciana en brazos de Sebastián le apretó el pecho. Decidido, dijo:
—Las quiero. Pero, ¿sí hacen efecto?
El rubio sonrió, confiado.
—Se nota que no vienes seguido. Son buenas. Si no te hacen efecto, te devuelvo el dinero. Y si no me crees, llamo a alguien para que se tome unas aquí mismo.
Andrés lo miró un momento, respiró hondo y asintió.
—Está bien. Te creo.
El rubio le dio una palmada.
—Hermano, yo soy un