Todavía tenía la cara húmeda cuando me separé un poco de su pecho. Me miró. Ese maldito poder que tiene sobre mí… sus ojos, su olor, su forma de decir mi nombre como si todo el mundo se detuviera en una sola palabra.
—¿Puedo quedarme esta noche? —me preguntó, y su voz ya no sonaba a orden, sonaba a súplica.
Asentí. No porque confiara. No porque creyera. Sino porque no podía más. Porque lo necesitaba. Porque estaba débil, y él era mi mayor debilidad.
Me levanté sin decir nada y caminé hasta la h