Desperté temprano. El sol filtrado por las cortinas daba una sensación engañosa de calma. Fabián ya estaba despierto, sentado junto a la ventana con un café en la mano. Sus ojos estaban perdidos en el paisaje, pero cuando volteó a mirarme, su expresión se suavizó.
—Buenos días —dijo con voz ronca.
—Buenos días —respondí, apenas audible.
Él se acercó y me besó la frente con una dulzura casi dolorosa. Pero yo no podía evitarlo. Había algo en mi pecho que necesitaba salir.
—Fabián… —empecé—. Me hi