La brisa sacudió su largo cabello castaño y su fuerza cubrió su rostro mientras trataba de concentrarse en la lectura, lo que no la interrumpía tanto como las intervenciones de Mary o Candace. En algún momento hasta llegó a creer que ambas se turnaban para hacerla perder el sentido del párrafo, aunque tampoco ayudaban las risas contagiosas o los gritos que provenían de unos metros más allá.
—¡Mamá!, ¡Tío Carlos destruyó el castillo!
—Calma, Dylan, pídele que no lo haga. Dile «por favor» y deja