Me condujo por el bosque. Nuestros cuerpos de loba ayudaban mucho a mantener el paso rápido sin desfallecer, ya que el viaje fue bastante largo. Recorrimos el bosque y poco a poco el paisaje empezó a cambiar. Los arboles claros, se convirtieron en añosos robles oscuros, donde el sol casi no lograba pasar a través de la densa espesura de los macizos. Llegamos a una cabaña rústica muy antigua y destruida por el tiempo. Sentí que la loba de mi madre gemía con gran tristeza al entrar por la puerta.