Alaia
El silencio en la habitación era tan denso que parecía adquirir un peso físico, comprimiendo el aire en mi pecho y acelerando los latidos de mi corazón hasta un ritmo desbocado. Tenía la pequeña caja de cartón blanco entre las manos, apretándola con tanta fuerza que los nudillos se me habían vuelto completamente blancos.
Alexander seguía de pie al borde de la cama, con la mirada clavada en mí, absorbiendo cada temblor de mi cuerpo, cada cambio en mi respiración. Su expresión era un lien