Alaia
El último beso había quedado suspendido en el aire como un decreto irrevocable, un sello de fuego sobre nuestra piel que parecía desafiar las leyes del mundo exterior. Sin embargo, en cuanto sus labios se apartaron de los míos y la intensidad del momento comenzó a disiparse, una opresión extraña y pesada empezó a instalarse en la boca de mi estómago. Mis extremidades, que hacía solo unos segundos ardían de adrenalina, se volvieron repentinamente frágiles, y un frío sutil y punzante comen