Alaia
El calor de su cuerpo era lo único que lograba mantener a raya el frío que me había invadido desde que crucé la puerta de la casa de mis padres. Seguíamos abrazados en medio de la penumbra y el lujo silencioso del penthouse, con la luz del día filtrándose a través de los cristales como un recordatorio distante de que el mundo exterior seguía girando. Mis lágrimas ya se habían secado, dejando la piel de mis mejillas tirante y los ojos pesados, pero la sensación de seguridad que hallé en l