Alaia
El aire me golpeaba el rostro como un látigo, pero no era suficiente para adormecer el incendio que llevaba dentro. Caminaba sin rumbo fijo, con las piernas pesadas como si arrastrara cadenas invisibles. Mis pulmones ardían con cada bocanada de aire frío, y en mi mente, las voces de mis padres se repetían en un bucle infinito, un eco de odio y decepción que me estaba desintegrando por dentro.
Saqué el teléfono del bolsillo. Mis dedos estaban entumecidos, pero marqué. El tono de llamada so