Alexander Sinclair
Las manecillas del reloj en la pared del penthouse parecían moverse con una lentitud tortuosa, cada segundo martillando contra mi paciencia. Había pasado la tarde y la noche entera sumido en una agonía que no le habría deseado ni a mi peor enemigo. Caminaba de un lado a otro, con un vaso de whisky en la mano el tercero o cuarto, ya había perdido la cuenta, observando la ciudad a través de los ventanales de piso a techo. La inmensidad de las luces de afuera no significaba na