Alexander Sinclair
El silencio tras la partida de Alaia, era más ensordecedor que cualquier grito. El vacío que sentía en el pecho no tenía nombre, un hueco gélido que se expandía con cada segundo que pasaba. La había visto irse, decidida, con la espalda erguida y una dignidad que me golpeó con la fuerza de un tren. Había cerrado la puerta tras de sí, y con ella, parecía haber cerrado la última puerta a mi propia humanidad.
Me quedé allí, solo, en el centro de este imperio que había construid