Alaia
Mis manos, que aún se sentían entumecidas por la presión de los dedos de Logan sobre mi piel, luchaban por mantener un agarre firme en el volante. El motor de la camioneta rugía bajo el capó, un sonido que apenas lograba perforar el zumbido de terror que se había instalado en mis oídos. Respiré hondo, tratando de que el aire llegara a mis pulmones, pero solo conseguí aspirar el aroma a cuero y a desinfectante, un olor que de pronto me pareció sofocante.
Tenía que decírselo. Era imperati