Alexander
La rabia, ese fuego que me había consumido apenas minutos antes al escuchar la traición de Lorena, se había transformado. Ya no era un incendio que destruía; ahora era una fuerza volcánica que reclamaba vida, calor, una forma de sentirme real tras décadas de ser tratado como un simple número en una cuenta bancaria.
Alaia estaba allí, sobre el escritorio, y en el silencio cargado de mi despacho, ella era lo único que me impedía romperme por completo.
Acaricié sus muslos, sintiend