Alaia
El despacho aún conservaba el calor de nuestros cuerpos, una estela de fragancia almizclada y la electricidad que todavía chisporroteaba en el aire después de habernos reclamado el uno al otro con tanta fiereza. Mis piernas aún temblaban ligeramente, un recordatorio físico de lo que acabábamos de compartir sobre aquel escritorio. Sin embargo, no era suficiente.
Ninguna cantidad de contacto físico, ninguna embestida, parecía capaz de apaciguar el hambre voraz que Alexander tenía de mí,