Tal como lo habían planeado, el empresario y la modelo monopolizaron las cámaras y micrófonos de la entrada y Livia pasó casi desapercibida bajo el brazo de Darío y la gorra que le cubría el cabello azul.
No fue hasta que se acomodó en el asiento delantero de la descomunal camioneta, en la que tuvo que aceptar la ayuda del colombiano para subir, que alguien gritó su apellido. Sin embargo, gracias a la velocidad y la pericia al volante de su acompañante se libraron con facilidad de los destello