Ella se quedó mirándome, sin decir una palabra.
—¿Qué tanto me miras? —pregunté.
Negó lentamente con la cabeza.
—Siempre tienes algo nuevo con qué sorprenderme.
Volvió a mirar los percheros y pasó los dedos por la tela de una prenda, examinando la ropa con el cuidado de alguien que sabía reconocer la buena calidad.
—Pero ¿por qué tienes tanta ropa de mujer?
Me recargué contra la pared y crucé los brazos.
—Toda es para ti. La hizo el mismo diseñador que confeccionó el vestido rojo.
Sacó un traje