Tragué saliva. La voz me salió ronca, casi desesperada.
—Quiero que me saborees.
Sonrió. Lento, con esa maldad que ya le conocía.
—Muy bien.
Me abrió los muslos y bajó la cabeza.
Sentía su aliento caliente contra el encaje de mi tanga. El calor se me filtraba a través de la tela fina y contuve el aire, esperando, con cada puto nervio del cuerpo tenso como una cuerda de guitarra.
Presionó la boca contra mí, directo sobre el encaje rojo.
Jadeé y las caderas se me fueron solas contra su cara. Me be