Elena mostraba ira en su rostro mientras intentaba llamar a Clara.
El teléfono sonó y sonó, pero nadie contestó. Finalmente, cayó en el buzón de voz.
—¡Maldita sea, maldita sea! —gritó Elena, perdiendo el control en medio de la acera.
Siempre había visto a Clara como una cobarde que podía aplastar con facilidad. Nunca imaginó que esa zorra lo estropearía todo en el momento más crítico.
¿Qué iba a hacer? Si no conseguía el dinero... Toda la evidencia de sus crímenes se expondría y para entonces,