El padre de Clara estaba sentado encorvado en el sofá de cuero, con los ojos mirando fijos al vacío.
Su hijo, Elio, tuvo que decir su nombre varias veces para traerlo de vuelta a la realidad.
—¿En qué estás pensando? —La voz de Elio estaba cargada de cansancio.
Su padre se sobresaltó.
—¿Haz podido contactar a Clara?
Elio negó con la cabeza.
—Todavía está apagado. Han pasado cuatro días.
—Ella no es así.
Los dedos de su padre golpearon inquietos el brazo del sofá.
El día que Clara firmó los papel