Alejandro suspiró profundo, no pudo evitar sonreír, y de pronto su móvil sonó, resopló creyendo que era Jacqueline; sin embargo, el contacto era un número desconocido para él.
—Hola, tío Alex —se escuchó en la dulce voz de una niña—, dice mi abuelita que ya te acuerdas de nosotros. ¿Es cierto?
Él sonrió y su corazón se llenó de alegría.
—¿Eres una niña de ojos azules, parlanchina, traviesa y que le encanta robar chocolates? —indagó bromeando.
—Soy Norita —respondió ella bufando.
Alex carcaj