—¿No hay una posibilidad de que estén vivas? —cuestionó Alba, mientras Santiago ayudaba a Rose a tomar asiento.
Antonio bebió un poco de agua de un vaso.
—La profundidad del abismo es muy hondo, los rescatistas no descienden tanto —informó—. Es una carretera de tierra, sin barandales, la llaman la ruta de la muerte —explicó.
Rose cubrió el rostro con ambas manos al escucharlo.
—¡No es justo! —bramó—. Lola y Emma no merecían morir de esa forma, y menos no tener una tumba digna —gruñó y se